Las piezas, una vez embutidas, pasan a la campana de ahumado. Allá, rodeadas por madera natural, los embutidos se bañan durante horas (cuántas es unos de los secretos mejor guardados de la fábrica) en el humo del carbón de encina, como lo hacían hace muchos años en los "sobraos" de las construcciones rústicas de la zona.